Un día de noviembre de 1996 conocí a mi bebé, un niño muy inquieto que no paraba de llorar, lo cual me asustó mucho pero con el tiempo supe controlar mis temores como nueva mamá.
En sus primeros años jugábamos mucho durante horas. Y no sé cómo, pero llegó un día en el que me di cuenta que sus gritos dominaban a todos en la casa logrando llamar la atención y consiguiendo de forma inmediata lo que deseaba.
Ahí es cuando decidí enseñarle a comer sentado en su silla, a dormir a la hora establecida, que no se levanta la mano, y se me partía el corazón cuando le decía que no, porque ponía una carita muy triste, hacía puchero y lloraba; pero resistía porque quería que fuera un niño bueno y educado.
Cuando empezó el colegio sentí temor de que vaya solo, quería ir con él porque pensaba que su mundo era yo. Ahora que tiene casi 12 años veo con claridad que poco a poco empezó a tener otro mundo, a hacer cosas que no sé, a reírse de cosas que no conozco y a pensar que lo sabe todo. Siento miedo que crezca y se enfrente a tantas situaciones nuevas; pero solo puedo ayudarlo y cuidarlo para que sea un adolescente sano, bueno y feliz.
Con el tiempo comprendí que quiero verlo crecer y para ello, debo ser paciente conmigo misma y entender que no puedo hacerlo todo. Deseo que aprenda a respetar las normas de la casa y el colegio para que le sirvan de base en su vida. Me gustaría que viva feliz y seguro; por eso, trato en lo posible, de explicarle cómo cuidarse en la calle, por qué no se puede ver televisión hasta muy tarde, por qué no se va al colegio con otro tipo de ropa que no sea el uniforme, etc. De esta forma, el aprenderá que decirle “no” significa amor y cuidado, tal como me lo enseñó mi madre.
MI PEQUEÑITA DE OCHO MESES
Tenía 28 años y mi esposo 35, era mi segundo embarazo. Nuestro primer hijo fue hombrecito, en ese momento ya iba al nido, los quehaceres en casa ya estaban mejor organizados y buscamos la pareja de hijos que planeábamos tener.
Fue un embarazo completamente diferente al primero, gané peso rápidamente, lo cual por supuesto no le agradó al ginecólogo, tenía un hambre desmedido, mi barriga creció a tal punto que el médico nos dijo que podrían ser mellizos. Llegué a aumentar hasta dos kilos y medio al mes y subí veinte kilos en total, quizás si hubiera llegado a los nueve meses hubieran sido más.
Llegando al octavo mes, en la oficina, sentí un hincón, honestamente pensé que eran gases, pero haciendo caso a las indicaciones del doctor y a mi esposo, salí del trabajo y fuimos a la clínica para que me aplicaran la inyección de hierro y de paso consulté sobre el dolor.
Llegué a la clínica aproximadamente a las seis de la tarde, la obstetriz escuchó mi inquietud algo incrédula, pero al revisarme llamó al doctor inmediatamente. Me informó que tenía seis centímetros de dilatación, que la bebé estaba encajada y que el parto era inminente, en ese momento se me rompió la fuente, los dolores comenzaron y mi hija nació aproximadamente a las siete, así de rápido.
Este nacimiento, un mes antes de lo esperado, fue una maravillosa sorpresa, pero al mismo tiempo comenzaron nuestros temores, ya que sabíamos por experiencia familiar (dos sobrinos de siete meses), los peligros y cuidados que surgen con un bebé prematuro.
La bebé nació por parto natural, casi sin anestesia, completamente sana, pero con dificultades para respirar y le dio ictericia. Los días que estuve en la clínica solo pudimos verla a través de la incubadora. Me dieron de alta primero a mí y tuve que ir a casa con una pena indescriptible por tener que dejar a mi pequeña en la clínica por dos días más. Una vez todos en casa, nos sentimos más tranquilos y muy felices. Sin embargo, fue el inicio de los días más críticos y las noches interminables.
Mi pequeña nació con una talla de 45 centímetros y medio y pesó 2 kilos con 370 gramos, por éstas condiciones y en especial por la poca fuerza que tenía, se quedaba dormida rápidamente al mamar. No le fue posible tomar leche materna porque no succionaba y no podíamos contabilizar la cantidad de leche que estaba tomando.
Ante esto, se decidió darle fórmula de manera exclusiva, solo tomaba de 1 a 2 onzas por vez, por lo que requería ser alimentada con mayor frecuencia, comenzamos cada hora y media, día y noche. Fuimos incrementando la leche y disminuyendo la frecuencia de las mamaderas paulatinamente, conforme ella se desarrollaba. Nos tomó alrededor de tres meses llegar a un horario más ordenado.
Preferimos mantener a la bebé en un cochecito de paseo en nuestro dormitorio, rodeada de bolsas de agua caliente, alumbrada con un foco de luz artificial para prevenir la ictericia y con calefacción en la habitación, no la dejábamos sola nunca.
No podía recibir visitas, ni tampoco podía salir a pasear, su pediatra venía a casa para los controles, su desarrollo fue satisfactorio, pero lento.
Nuestra experiencia como padres de una niña prematura evolucionó, del temor inicial al trabajo con amor en equipo, que no solamente nos involucró a nosotros como padres y a su hermanito (el estaba encargado de recibir a las visitas y abrir los regalos que le traían a su hermanita y guardarlos para ella), sino a otros miembros de la familia, sobretodo en los primeros meses, ya que sin la ayuda invalorable de ellos no hubiera sido posible darle toda la atención y cuidado que requería.
Este trabajo en familia ha sido un elemento muy importante en la consolidación y reafirmación de los lazos familiares con aquellas personas que estuvieron a nuestro lado y a quienes nunca nos cansaremos de agradecerles.
Mi Experiencia de ser Madre de Adolescentes
Me llamo Laura tengo 46 años y tres hijos, la mayor de 24, la segunda de 22 y el menor de 18 años. Sobre mi experiencia de ser madre de adolescentes, pienso que lo más difícil es reconocer que ya crecieron.
Me consideraba una mujer de mente abierta, moderna y buena madre, que lo sabía todo, que mis experiencias en la vida me hacían más sabia que mis hijos. Todo era lindo hasta que llegó la locura llamada "Adolescencia".
Esperaba con muchas expectativas que mis hijos crecieran, pero cuando crecieron me parecía que todo lo que yo les decía estaba pasado de moda. Los portazos, las malas caras, las torcidas de cara y las frases: "Mamá, ya somos adultos", "Mamá yo ya sé qué hacer, estoy cansado de que me repitas lo mismo" se hicieron cosas de todos los días.
Yo, con toda la cólera del mundo, pensaba "son adultos cuando les conviene, pero cuando me necesitan, me buscan para decirme que los ayude con esto o que los acompañe para acá".
La situación con mi hija mayor fue la peor, tuvimos muchos pleitos. Yo quería controlar su vida, en el mejor sentido de la palabra, porque me parecía que estaba equivocada. Hasta en algún momento me pareció media alocada, cuando ella siempre había sido tan centrada. En realidad, tenía mucho miedo que le pase algo malo, esos miedos que tenemos todos los padres. Ella se resistía, se sublevaba, hubo momentos que nos dijimos cosas terribles, muy hirientes.
Parecía que todo era una guerra entre nosotras y yo no podía perder. Luego, pensaba en lo que me estaba convirtiendo y en cómo eso afectaba mi relación con ella, porque ya no sabía cómo hablar con ella, cómo llegar a ella, cómo enfrentar la realidad de que mi hija ya no pensaba como yo. Como adulta, pude darme cuenta que ella ya había crecido y que tendría que aprender de sus errores por sí misma.
Con mi segunda hija, las cosas eran más fáciles algunas veces. Ella siempre fue más dócil, pero también teníamos nuestros encontrones. Tiene un carácter tranquilo, pero cuando se molesta, se molesta. A veces no pensamos lo mismo, pero conversamos y lo arreglamos porque respetamos lo que cada una piensa.
Por último mi hijo de 18 años, con él no sé qué hacer. Mis hijas dicen que es mi preferido, pero si a los tres los amo igual. Tal vez, él es especial porque es mi único hijo hombre y el menor.
Mis hijas me dicen: "Te agarro cansada" o "por cosas menores a nosotras nos hubieras castigado". Sin embargo, con él todo es más difícil, sobre todo la comunicación. Es mudo! Al menos con mis hijas discutía, pero él no habla. Ese es un problema que mantenemos hasta hoy.
Con todo lo que les he contado, pienso que la adolescencia es una etapa que hay que tratar de comprender. Muchas veces me pregunto si seré buena madre, si lo habré hecho bien o si acaso me estaré equivocando. Lo único que sé es que no me arrepiento de tener tres hijos maravillosos a quienes adoro con todo mi corazón.
Rocío Obando Castillo: Porque en equipo todo se puede...
En
esta oportunidad, enrumbé a Chincha con muchas expectativas
y deseos de hacer un buen trabajo. Sabía que la experiencia
de por si iba a ser inolvidable y sumamente enriquecedora, pero
estaba latente en mí el deseo de encontrar una mínima
mejora en Nueva Cancha-maná. Para mi sorpresa, la realidad
superó mis expectativas.
Mientras bajaba del auto que nos transportó a la comunidad
vino a mi
mente el modo en que los niños se habían comportado
durante mi primera visita y cómo las precarias condiciones
en las que se encontraban les dificultaban tanto la realización
de las dinámicas psicológicas de las que me encontraba
a cargo.
Sin embargo, conforme trascurría
el tiempo me di cuenta que el avance desde mi primer encuentro con
ellos había sido muy grande y, por tanto, el bienestar se
reflejaba en cada uno de sus rostros, en su manera de jugar y en
el ambiente en general. Si en una primera oportunidad, la frustración
se había apoderado de mí y me había invadido
una profunda sensación de impotencia, ahora todo fue diferente.
En mi más reciente visita,
al encontrarme con una comunidad mejor organizada y mejor ubicada
se instaló en mí una sensación de bienestar
y de esperanza, de que todo lo adverso se difuminaba en el pasado
y que de ahora en adelante todo iba a ir mejorando. Tan sólo
eso basto para trabajar mejor con los niños, para disfrutar
más de cada una de las actividades y para darme cuenta que
si se trabaja en equipo todo se puede.
Jennifer Palacios: Mi voluntariado,
una carpa y muchas sonrisas
A
continuación, la psicóloga Jennifer Palacios narra
su experiencia sobre su primera participación en el Pro-grama
de Apoyo Comunitario para el Bienestar Emocional de Daedalos en
la comunidad de Nueva Canchamaná, Chincha. “La experiencia de realizar
este vo-luntariado es muy enriquecedora, en especial cuando las
personas que uno ayuda son aquellas que realmente lo necesitan.
Daedalos me brindó la oportunidad de poder realizar un trabajo
diferente al que uno efectúa en la capital, ya que es aproximarse
a una población que lo ha perdido todo y que requiere de
un compromiso y responsabilidad por parte de cada uno de nosotros.
Asimismo, trabajar con niños es una práctica por la
cual yo me inclino y deseo realizar en el futuro, por ello, haber
facilitado las actividades con ellos me gustó mucho y me
dejó bastantes satisfacciones. Es innegable que fue una labor
difícil, ya que el nivel de contención solicitado
era mayor al esperado y eso me producía un poco de impotencia
por sentir que de repente no les iba a brindar todo lo que ellos
buscaban.
Sin embargo, el tiempo que estuve con ellos puede ser como una semillita
que en el futuro florecerá y curará las heridas. Esto
me ayudó a entender que la palabra, el cuerpo y la expresión
artística son elementos que facilitan a que el pasado sea
elaborado de una manera tal que el presente y futuro puedan ser
apreciados de un modo positivo; y así los niños puedan
volver a soñar y poder hacer todo lo que siempre han querido
realizar”.
Martha Dibucho: familia, estudios y amigos
Una
joven comparte su experiencia de haber nacido con labio leporino
y haber pasado por una serie de profesionales e intervenciones.
Hoy, a sus 19 años, comprende que la confianza, fortaleza
y vitalidad nece-sarias están en ella misma.
Un día, mi mamá me dijo para ir a
ver a una psicóloga. Yo no quería, estaba sin ganas,
con la autoestima muy baja y tenía problemas en mi interior,
pero mi mamá insistió que.
fuéramos. Así, que le dije: “Ya, está
bien. Vamos”.
Recuerdo que ese primer día llegué, me senté
y me quedé mirando a Judith. Me hizo sentir segura y le pude
decir lo que pensaba y sentía. Ahora, tengo como un año
yendo a terapia y he mejorado. Antes, me sentía el “patito
feo” y ahora tengo metas. Hay mucha diferencia, veo mis fotos,
mis videos de mis cumpleaños, veo la manera como yo era y
no me daba cuenta que no me quería yo misma. Me siento bien
yendo a terapia.
Antes, yo era muy dejada conmigo misma, era muy
floja con mis estudios, distraída, no captaba lo que me enseñaban
y me escondía de mi. Ahora, estoy superando mis cosas y entendiendo
otras. Me di cuenta que lo mío no es lo que yo quise creer,
sino que soy mejor, que puedo lograr lo que yo quiero sin que nadie
me moleste, sin que me digan lo que debo de hacer.
La terapia me hizo valorar más a mis papás.
Sea como sea son mis papás y ellos luchan porque yo siga
adelante, trabajan fuerte, quieren que yo sea algo en la vida y
lo están logrando con sus enseñanzas; especialmente,
mi mamá. Ahora valoro todas esas cosas que hacen por mí.
Yo sé que no son los padres perfectos, ni yo la hija perfecta.
Simplemente, me dan muchas cosas y yo se las agradezco. A mi mamá
por ser como es, por estar a mi lado en cada operación que
he tenido, por estar detrás de mí, aunque yo le diga
“Ya!!!” o “Vete, vete”, pero igual ella
está ahí insistiendo. Mi papá, también
es así, aunque, a veces, es un poco duro. A su manera me
demuestra su cariño, su paternidad. Como amiga, también, he mejorado, porque
antes buscaba a quién regalarle cosas para que fueran mis
amigas. Con la terapia me he dado cuenta que no es necesario dar
cosas, sino que basta con entregarte como amiga, ayudarse y comprenderse
mutuamente. Quien quiera ser mi amigo o amiga, que me quiera tal
como soy y que sepa lo que valgo.
Yo recomiendo a los jóvenes que no sean
duros con ellos mismos y que no “sufran por gusto” negándose
ir a un psicólogo. Creo, que si vas a un lado a pedir ayuda,
vas a poder superarte. Yo sé que no toda la vida vas a estar
con un bastón al lado. Sé que vas a caer y levantarte
y caer y volverte a levantar, pero si tienes la ayuda correcta para
guiarte, va a ser más fácil. Van a poder ser mejores
y mostrar al mundo que son algo. La autoestima es muy importante
y las personas que la tienen baja, si buscan la ayuda indicada y
van a terapia pueden demostrarse mucho así mismas y a los
demás. Esto me pasó a mí y ahora estoy contenta
con los resultados. Yo nunca había querido aceptar mi forma
de ser, pero aprendí que por allí empieza el cambio.
Que alguien me diga “eres así o asa”, nunca me
ha gustado, pero me hizo entender que con esa actitud también
me hacía daño a mi misma. Hasta ahora todo me ha salido bien, me mantengo
activa, quiero estudiar para ser profesora de educación especial.
Quiero que esos niños especiales se sientan mejor, ya que
hay personas que te molestan. Yo ya superé muchas cosas,
ya no estoy en el piso, estoy subiendo mis escalones poco a poco
y los estoy subiendo muy bien; si me caigo o me tropiezo me seguiré
levantando porque creo que nunca llega la edad de que digas: “Hasta
acá”.
Gerardo: deportes, estudios y
amigos
Subcampeón nacional de
ajedrez habla del nivel de equilibrio que ha logrado a sus 15 años.
Cuando llegué con Judith,
mi vida era el ajedrez. Mi papá me enseñó a
jugar cuando tenía ocho años, y a los diez, ya estaba
compitiendo en torneos. De joven, mi papá también
jugaba, pero tuvo que dejarlo porque el abuelo no quería
que descuide sus estudios.
En mi primer torneo quedé en buen puesto pero no gané, y me sentí mal porque creía que había decepcionado a mi papá. Por su lado, él creía que perder me había puesto mal, y empezó a entrenarme más fuerte, para que no tuviera que pasar por eso de nuevo. Lo malo es que, de ahí en adelante, me fue peor. En los torneos, yo sentía a mi papá encima de mi hombro en cada jugada y con esa presión no me podía concentrar y perdía. Y no aguantaba. A veces, hasta llegaba a llorar de rabia cuando perdía.
Mi papá me puso un entrenador y con él sí demostraba mi nivel y hasta le ganaba seguido. Pero en los torneos, y cada vez que jugaba con mi papá, hacía jugadas torpes y perdía tontamente. No entendía que pasaba y me frustraba horrible. Mis papás se dieron cuenta de que algo andaba mal porque me volví medio antisocial y agresivo. Todo me fastidiaba, y además, en el colegio mis notas empezaron a bajar. Así fue que llegué con Judith, hace como un año.
Lo primero que descubrimos fue que me sentía mal porque no estaba tomando mis propias decisiones. Si mis papás me recomendaban algo, yo no lo tomaba como una opción, sino como el camino que tenía que seguir sí o sí, y lo hacía calladito, pero por dentro me sentía mal. Y claro, como sólo me dedicaba a los estudios y al ajedrez, estaba descuidando otros aspectos de mi vida, como hacer otros deportes, tener amigos, ir a fiestas, como todos los chicos de mi edad.
Cuando me di cuenta de eso, dejé el ajedrez. Estaba dispuesto a dejarlo del todo si no llegaba a sentir un verdadero deseo de jugar y competir. Judith se reunió con mis papás, les explicó la situación y gracias a ello, mi papá reflexionó y comprendió que ésa era la única forma para que yo alcance el equilibrio que necesitaba. En ese tiempo, decidí practicar otros deportes, salir a fiestas, conocer chicas, tener enamorada. Mejoré en los estudios, y ya sin presión, volví al ajedrez y salí subcampeón nacional. Lo mejor de todo, es que la relación con mi papá ha mejorado un montón. Ya le gano algunas partidas, además.
Ahora me siento contento y relajado. Siento que este cambio que he logrado ha salido bien, porque lo he hecho guiado y protegido por mis papás y por Judith. Creo que otros chicos no tienen esa oportunidad. Yo he tenido suerte. Lo que soy, lo escogí yo mismo.